
Hace un par de años mi amigo John me presentó a Hernán Casciari.
Por esa época estábamos escribiendo nuestro Atelier de asuntos inconclusos. O, para ser más exactos, estábamos jugando a ser escritores. De esos escritores pintorescos que escriben porque algo les da vueltas por dentro y no porque tengan una editorial esperándolos.
Quizás por eso conecté tan rápido con Casciari.
Para quienes no lo conocen, es un escritor argentino que tiene la rara habilidad de escribir de fútbol y terminar hablando de la vida. Y como además yo vivo enamorada del fútbol y tengo una injustificada debilidad por Messi, sus cuentos encontraron en mí, terreno fértil.
Hay uno, incluido en Messi es un perro y otros cuentos, que se me quedó atravesado desde que lo leí: Selecciones pintorescas.

En ese cuento, Casciari recuerda aquellos tiempos en que existían selecciones pequeñas que llegaban a los mundiales a ser el deleite y servir de entretenimiento a las grandes. Equipos exóticos, simpáticos, entrañables. Hasta que, como dice Casciari en su cuento”: “Alguien les debe haber puesto internet a sus aldeas… porque de golpe aprendieron a tirar el achique”.
Y efectivamente, con internet en sus aldeas, aprendieron. Aprendieron a defender y a cerrar espacios. Aprendieron a dejar de ser pintorescos.
El cuento me encanta. Me hace reír cada vez que lo leo. Pero también me dejó un pequeño clavito en una frase refiriéndose a la Selección Colombia: «que los colombianos sean de nuevo pintorescos, como cuando nos respetaban».
No porque estuviera equivocada. Quizás porque durante mucho tiempo fue verdad.
Pero hoy, 27 de junio de 2026, Colombia jugará contra Portugal. Y mientras llega ese partido, me descubro disfrutando los datos de esta fase de grupos como hacía mucho tiempo no me pasaba.
Uruguay, dos veces campeona del mundo, acaba de quedar eliminada sin ganar un solo partido. España avanzó como líder del grupo, pero lo hizo con apenas un gol de diferencia en toda la última jornada: el de Álex Baena ante Uruguay. Un gol que llegó tras un error de Muslera y que terminó condenando a los sudamericanos.
Y mientras tanto, Cabo Verde, debutando en un Mundial, acaba de clasificarse a la siguiente ronda.
Los africanos empataron 0-0 con España en uno de los resultados más sorprendentes del torneo. Reuters habló de un «0-0 impresionante» y describió el partido como un ejercicio de resistencia, disciplina y supervivencia. Vozinha, su arquero de 40 años, fue la gran figura de la noche y sostuvo el empate ante una selección española que monopolizó la posesión pero nunca encontró la manera de romper el muro caboverdiano.
Ver a estos equipos resistir a las grandes potencias me llena de esperanza.

También Ecuador escribió una de las páginas más hermosas de este Mundial. Después de comenzar perdiendo ante Alemania a los dos minutos, empató rápidamente por medio de Nilson Angulo y terminó ganando 2-1 con un gol de Gonzalo Plata a falta de trece minutos para el final. El triunfo le permitió avanzar a la siguiente ronda y fue descrito por muchos ecuatorianos como la victoria más importante de su historia mundialista.
Si hace veinte años Casciari decía que las selecciones pintorescas habían aprendido a defender, este Mundial parece decirnos algo más: también aprendieron a creer que podían ganar.
Todo esto me hace tener otra perspectiva: miro a mi selección (Colombia) por encima del amor personal, entendiendo que en el fútbol actual importa el juego, no los favoritismos .
Y yo me encontré celebrando.
No porque quisiera que perdiera España. No porque tenga algo contra Alemania. Ni porque me hubiera vuelto hincha de Cabo Verde de la noche a la mañana.
Simplemente me alegré.
Y una de mis hijas me preguntó:
—¿Pero por qué celebras si no son tu equipo, y además no ganaron?
La pregunta me dejó pensando varios días.
Porque yo tampoco tenía muy claro por qué me emocionaba tanto ver a Cabo Verde resistirle a España. O a Ecuador ganarle a Alemania. O ver a Uruguay despedirse mientras otros equipos que durante décadas apenas aparecían en las estadísticas hoy siguen jugando.
Y entonces volví a Casciari.
Quizás las selecciones pintorescas crecieron. Lucho Díaz no nació en el Bayern. El fútbol de Lucho estaba mucho antes en las canchas de arena de La Guajira. Lo que faltaba no era talento. Lo que faltaban eran las oportunidades.
Primero llegó la parabólica. Después internet. Más tarde los videos, las academias, los representantes y las redes sociales. Hoy los seleccionadores son verdaderos reclutadores de LinkedIn. Buscan apellidos, llaman jugadores que crecieron en otros países, reconstruyen árboles familiares y les preguntan si todavía quieren representar la tierra de sus padres o de sus abuelos. Y muchos dicen que sí.
Por eso aparecen historias como las de Cabo Verde. Futbolistas que pasan años jugando lejos de los grandes reflectores y que a los 35 o 40 años llegan finalmente a un Mundial. El fútbol siempre estuvo allí. Lo que no estaban eran las condiciones para que el resto del mundo lo viera.
Quizás por eso me alegran estos resultados. Porque llevo muchos años trabajando alrededor de los valores y aprendiendo que algunos de ellos solamente se hacen visibles cuando el resultado no alcanza.
La perseverancia.
La valentía.
La dignidad.
La esperanza.
La resistencia.
No reemplazan la victoria. Tampoco la hacen innecesaria. Pero nos recuerdan que algunas veces el marcador no alcanza a contar toda la historia.
Eso era lo que quería responderles a mis hijas. Que a veces uno celebra porque alguien ganó. Y otras veces celebra porque alguien dejó de sentirse pequeño. Porque un país diminuto le jugó de frente a una potencia. Porque un niño de Cabo Verde puede verse reflejado en Vozinha. Porque el fútbol, por fin, puede repartir las alegrías un poco mejor.
Porque tal vez esa sea la mejor noticia de este Mundial: que la alegría ya no parece ser patrimonio de nadie. Casciari escribía con nostalgia por aquellas selecciones pintorescas que hacían felices a los grandes porque perdían simpáticamente. Ahora la alegría también les pertenece a ellas.
Y quizás por eso hoy también miro a Colombia distinto. Hoy jugamos contra Portugal. La sigo mirando con el mismo amor de siempre, pero también con otros ojos. No como una potencia ni como una sorpresa. La miro dentro de esta historia de países que durante mucho tiempo tuvieron el talento antes que las oportunidades. Países que alguna vez fueron pintorescos.
Y entonces, Hernán, creo que efectivamente tenías razón.
Les pusieron internet.